Houston, el Waterloo de la 4T | Por Alejandro Rodríguez Cortés

Por @AlexRdgz*

Dicen que Andrés Manuel López Obrador es indestructible. Hay pruebas suficientes de que no lo es.

Desde que compitió por primera vez por la presidencia de la República en el 2006 es obvio que, si bien ha mostrado una resistencia mucho mayor a la de la mayoría de los políticos que comparten el escenario público con él, es plenamente vulnerable a los escándalos relacionados con su conocida soberbia y terquedad, o bien con la corrupción de sus allegados o de él mismo.

Y si no recuerden lo que le afectaron las imágenes de su entonces secretario particular, René Bejarano, embolsándose furitivamente fajos de billetes en la oficina de un proveedor del gobierno capitalino, o de su secretario de Finanzas, Gustavo Ponce, apostando millonarias cantidades en un casino de lujo en Las Vegas. A pesar de que se dice lo contrario, quizá ambos episodios fueron determinantes en su derrota de hace 16 años, justificada mentirosamente como fraude electoral.

Autodefinido como un ave de blanco e inmanchable plumaje, López Obrador pagó caro el precio de su rebelión postelectoral, del plantón de Paseo de la Reforma y de su belicosidad constante en las calles y en las tribunas legislativas.  Además de ello, las dudas sobre su manutención y la de su familia, que siempre han vivido de recursos públicos -legales o no- mermaron su imagen y lo hicieron perder nuevamente en 2012.

Luego vino la madre de todas las campañas y su ascenso al poder, donde aprovechó precisamente los escándalos de corrupción en el gobierno peñista para llegar a Palacio Nacional, no sin antes pactar indecentemente con el propio Enrique Peña Nieto para que éste le allanara el camino, a cambio de la protección presidencial que goza el exmandatario desde hace 4 años.

Hoy, el mandatario tabasqueño paga ya el precio de ese negado acuerdo con su antecesor, pero también de evidentes y manifiestos actos de corrupción de sus hermanos Pío y Martín, exhibidos con sobres amarillos llenos de dinero; del conflicto de interés que llevó a su hijo José Ramón a una cómoda vida en Estados Unidos; del nepotismo y la indolencia con que la mal llamada Cuarta Transformación ha llevado a incapaces a ocupar puestos públicos; de las muchas mentiras que recita sin pudor durante las conferencias mañaneras.

A la llamada “casa gris” de Houston que fue habitada por su primogénito junto con su esposa, relacionada con una empresa contratista de Petróleos Mexicanos, se suma ahora la propiedad adquirida en esa misma ciudad texana por la hija del actual secretario particular -otra vez- de López Obrador.

Dañado ya el casco del navío obradorista, resiente ahora otro obús en su línea de flotación.  De nada servirá que el presidente de la República determine por decreto que la nueva casa de Houston es “modesta”, o que su colaborador Alejandro Esquer es por definición una buena persona.  

El daño está hecho. Solo falta ver qué tan extenso es.  Lo veremos pronto, pero vale insistir en que el presidente sí ha resentido consecuencias de sus actos, como lo muestra la pérdida de mayoría calificada de su partido en las elecciones intermedias de 2021, donde también Morena perdió la mitad de la ciudad de México, su principal bastión político.

Más allá de si Morena gana tres o cuatro de seis gubernaturas en disputa dentro de 15 días, los porcentajes de votación determinarán el tamaño del boquete.  Y luego seguirá la decisión de mantenerlos o no en la presidencia.

Yo creo que las dos casas en Houston serán su Waterloo. Por lo menos el inicio de su caída definitiva, porque seguramente vendrán más escándalos en torno del amado líder.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

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